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mayo 5, 2020

En tan sólo cinco días, tu ayuda en sus manos.

La aparición del Covid-19 en la escena mundial, obligó a modificar el calendario de acciones de La Chata Solidaria en El Impenetrable para 2020, que había sido fijado a fines de 2019.

La cuarentena dispuesta por el Gobierno Nacional nos impedía trasladarnos a nuestra zona de ac- ción en el mes de marzo, tal como estaba estipulado, siendo uno de los cuatro viajes previstos para este año. Pero sabíamos que no podíamos quedarnos sin hacer nada. Porque si bien entendemos el riesgo del Covid-19, no podemos desconocer el flagelo del hambre, ese enemigo que sí es visible y contra el cual venimos combatiendo desde hace 12 años ininterrumpidos.

Así fue como desde que se dictó el confinamiento obligatorio, comenzamos a gestionar ante las au- toridades nacionales y provinciales un permiso que nos autorizara a viajar a El Impenetrable para poder asistir a esas personas –nuestras personas– que viven olvidadas en el tiempo.

El jueves 16 de Marzo, recibimos un llamando de Rosa –la Directora de la Escuela del paraje Ojo de Agua– y otro de Verónica –la Agente Sanitaria del paraje Los Rosales–. Los dos llamados, realmente dramáticos, estuvieron unidos por los mismos sentimientos: angustia, desesperación, impo- tencia, incertidumbre y miedo. Rosa nos comentó que Maurito, al igual que los demás chicos del paraje, estaban perdiendo peso. Verónica, entre lágrimas, nos expresó su desesperación, no tenían qué comer… Claramente, no podíamos esperar más. Teníamos que activar todo nuestro equipo y viajar lo antes posible.

Milagrosamente, esa tarde llegaron los permisos y automáticamente todos los departamentos de La Chata Solidaria se pusieron a trabajar mancomunadamente para preparar un Viaje de Emergencia a El Impenetrable con el objetivo de llevar la mayor cantidad de alimentos posible, medicamentos y productos de limpieza e higiene. Este viaje, además, debía efectuarse bajo un es- tricto Protocolo de Seguridad.

Lo que van a leer a continuación es la increíble historia de como una pequeña ONG, en el medio de la peor crisis de salud global con aislamiento social de la que se tenga memoria, en tan sólo 5 días consiguió la ayuda económica, gestionó la logística, armó los Protocolos de Seguridad, compró ali- mentos y medicamentos, cargó y acondicionó los vehículos, cruzó el país, atravesó El Impenetrable de punta a punta, descargó y entregó unos 5.000 kilos de alimentos, medicamentos y productos de higiene y limpieza, bajo estrictas medidas de seguridad.

Todo esto con 7 personas que vivieron –literalmente– casi 3 días y durante 3700 kilómetros en tres camionetas: Matías Corvalán, Matías Frágola, Alejandro Cattaneo, Federico Charriere, Claudio Al- bornoz, Jerónimo Chemes y Addy Rossi.

————————————————- BITÁCORA DEL VIAJE ———————————————–

  • Lunes 20 – Comunicamos que íbamos a realizar un Viaje de Emergencia a El Impenetrable.

Arrancamos la semana comunicando en nuestras redes sociales la decisión de viajar, los motivos que habían generado nuestra decisión, y lo que necesitábamos para poder cumplir con el objetivo del viaje. Ese mismo día Ford argentina volvía a confiar en nosotros y ponía a nuestra disposición los vehículos para que pudiéramos viajar, además de su socio tecnológico, YPF. También la empresa Victorio Podestá y la Fundación Marolio –que ya nos había adelantado una carga de alimentos a prin- cipios de Marzo– se sumaban.

Ya teníamos un plan y todo comenzaba a tomar forma, pero aún así todavía había mucho por conseguir.

Por otra parte, teníamos en cuenta que viajar iba a demandar un esfuerzo fuera de lo común: de- bíamos cruzar el país y atravesar El Impenetrable de Sur a Norte y éramos conscientes que lo íbamos a hacer sin bajarnos de las camionetas durante 3 días, ya que no había lugar donde parar, comer, ni mucho menos dormir…

  • Martes 21 – La solidaridad de la gente, siempre está presente.

La respuesta de nuestros seguidores fue inmediata, y además superó ampliamente nuestras ex- pectativas. Así fue como decidimos acelerar y fuimos a Ford a buscar una Ranger XL configurada para La Chata Solidaria y acondicionar la R70 con los tacos. Es importante destacar que si bien Ford Ar- gentina está cumpliendo con la cuarentena obligatoria, nuestro querido Luis “Beto” Viré se acercó a la planta de Pacheco y él mismo, sin ayuda de nadie, armó las dos Ranger (él solo cambió 10 cubiertas). Nosotros esperamos afuera, ya que lamentablemente por cuestiones ligadas al Protocolo de Seguridad no pudimos entrar a ayudarlo.

  • Miércoles 21 – Cada vez más cerca de El Impenetrable

La gente seguía mostrando su compromiso a través de sus donaciones y así fue como decidimos emitir la orden de compra en Maxiconsumo. Para ese momento ya teníamos dos chatas llenas de ali- mentos. Ese mismo día se sumaron, gracias a las gestiones de nuestro gran amigo Christophe Kri- wonys, donaciones por parte de Tregar Lácteos, Molino Harinero Carhué, Pampa Rice. Y como siempre, desde hace años, Materia Hnos. y Pablo Castro, quien nos donó lavandina y alcohol.

  • Jueves 22 – Nos faltaba cada vez menos para llevar cada vez más

Ya teníamos dos chatas llenas pero sabíamos que necesitábamos más… Diego De Vitta se comunicó con nosotros para saber qué necesitábamos y automáticamente nos transfirió el dinero que hacía falta, y Juan Fera, de la Fundación Marolio, nos brindó otro aporte más de alimentos. ¡Ahora sí!

El departamento de Logística se movió como nunca. Recogieron alimentos, medicamentos, y los artículos de limpieza y los llevaron al punto de carga para acondicionar las Rangers. Cabe aclarar que todos los integrantes del departamento de Logística de La Chata Solidaria afectados a este operativo contaban con los permisos de circulación necesarios.

En ese momento nos dimos cuenta que teníamos un problema, que en realidad era más que bienvenido: habíamos conseguido tanto que no entraba toda la carga en las dos ranger, nece- sitábamos otra chata más…

El único obstáculo era que Ford Argentina, además de estar cumpliendo la cuarentena, había prestado muchos vehículos a la Cruz Roja y al SAME, con lo cual, las expectativas de poder conseguir una chata más, no eran muy alentadoras. Sin embargo, bastó un solo llamando durante la noche del jueves para conseguir una sola respuesta: “sí”.

Este apoyo permanente e incondicional por parte de Ford Argentina, el cual nos enorgullece, nos obliga a agradecer muy especialmente a Gabriel López, Martín Galdeano, Carlos Galmarini y a Rosario Ariganello. No sólo por prestarnos las chatas, queremos agradecerles por estar siempre. Y siempre quiere decir: siempre. A toda hora, en cualquier lugar, Ford Argentina siempre está junto a La Chata Solidaria. No existen los “peros”, ni condiciones… sólo buena predisposición.

  • Viernes 23 – Salimos…

A las 8 de la mañana Luis Viré se comunicó con nosotros para avisarnos que ya podíamos pasar a buscar una Ranger por la planta de Pacheco. Era una cabina simple, 4×2 y con gomas de asfalto, y si bien no era la adecuada para entrar a El Impenetrable, decidimos llevarla igual. Se trataba de un Viaje de Emergencia y realmente la necesitábamos para cargar y llevar más mercadería. En el caso de que hubiera barro, le íbamos a poner atrás los tacos de auxilio de las otras dos Ranger y si se llegaba a caer a la zanja, la enganchábamos a la R70 que con el malacate saca cualquier cosa de cualquier lado. Así fue como la buscamos, Logística se encargó de cargarla y acondicionarla, y las tres chatas quedaron listas para salir al atardecer.

El Plan de Viaje era por demás complicado:

  • Iríamos y volveríamos sin parar, sólo pararíamos a cargar combustible y a dormir.
  • Nadie se bajaría de las chatas en donde hubiere otras personas, a menos que surgiera una emergen- cia, algo que lamentablemente ocurrió, y que más adelante contaremos.
  • Para cargar combustible sólo bajarían los conductores y el resto esperaría en un lugar alejado.
  • Siempre se bajaría con barbijo y al subir nuevamente a cada chata, la persona se desinfectaría con alcohol según el Protocolo y las chatas también por dentro.
  • Se designó un Jefe de Viaje quién fue el encargado de poner énfasis en el cumplimiento de las normas de seguridad.
  • Deberíamos dormir en las chatas
  • En el caso de que al momento de cargar combustible hubiera alguna tienda abierta para comprar café, alguna bebida, etc., iría sólo un tripulante, con la protección adecuada, y traería lo necesario para el resto de la tripulación.
  • No entraríamos en ningún pueblo.
  • Ingresaríamos a El Impenetrable por un camino lateral, por el sur del mismo, e iríamos directo a la Escuela ubicada en el paraje Ojo de Agua.
  • Al llegar allí, nos quedaríamos afuera del perímetro del alambre de la Escuela y de la Sala. Las tres chatas quedarían alineadas con un perímetro de seguridad de 5 metros, señalizado con cinta de peligro para mayor seguridad.
  • La distancia con las personas que encontráramos en los 2 puntos de entrega debería ser mayor que la normal, y en ambos lugares sólo debería haber 3 personas –como máximo– para entrar los alimentos y medicamentos una vez que la tripulación de La Chata Solidaria abandonara el lugar.
  • Al momento de descargar la mercadería, la misma debería ser desinfectada paquete por paquete, según el protocolo emitido por el Departamento de Salud de La Chata Solidaria y los siete tripulantes deberán estar vestidos con camisolín, barbijo, guantes y máscara protectora.
  • Los productos, una vez limpios y desinfectados, se secarían al sol.
  • Una vez terminada la descarga, se levantaría la zona de seguridad, la tripulación de La Chata Solidaria abandonaría el lugar y recién en ese momento, las personas del paraje podrían acercarse para entrar las cosas al establecimiento.
  • Los responsables de cada punto, se encargarían durante los días posteriores de fraccionar y repartir la mercadería recibida.
  • Al finalizar el operativo en cada punto de entrega, los elementos utilizados serían depositados en una bolsa roja de residuos peligrosos y las chatas serían desinfectadas por dentro y por fuera.
  • El uso de repelente dentro de El Impenetrable, sería de uso obligatorio, como medida de precaución frente al Dengue.

** Es importante destacar que todas las medidas de seguridad y precaución fueron cumplidas a rajatabla y están debidamente documentadas. **

A las 18 hs. partimos hacia El Impenetrable. Cada chata llevaba un kit de alimentos básicos, agua y, sobre todas las cosas… esperanza. Viajamos toda la noche, sin parar, alternando la conducción de cada chata y conversando a través de la radio para mantenernos informados y, sobre todo, atentos.

  • Sábado 25 – Llegamos y recién ahora comenzaba verdaderamente el viaje.

Cerca del mediodía llegamos al último pueblo dónde debíamos llenar los tanques antes de entrar en El Impenetrable, y allí nos enfrentamos al primer obstáculo del viaje: la YPF estaba sobre la ruta pero del otro lado de la línea del límite, es decir –técnicamente–, teníamos que entrar pueblo. Eran sólo 5 metros, pero esa corta distancia cambiaba todo. Nos identificamos correctamente ante las au- toridades y les explicamos cuál era el motivo de nuestra presencia en el lugar. Luego de algunos min- utos de negociar y lograr que entraran en razón, nos permitieron cruzar esos 5 interminables metros para cargar combustible, no sin antes fumigar con –creemos que era algún desinfectante– las chatas. Así fue como nos acompañaron y sin bajarnos de las chatas pudimos llenarlas de combustible, para minutos más tarde salir de inmediato. Parecíamos delincuentes, y no argentinos ayudando a otros ar- gentinos. Pero no había chance, ya que para entrar por el sur y salir por el norte del impenetrable de- bíamos hacerlo con combustible a tope y tambores con litros extra, porque sino podíamos quedarnos varados. Tampoco podíamos comprar agua, por lo cual al salir le rogamos a un policía que la comprara por nosotros, quien muy amablemente compró el agua y la trajo hasta las chatas. Entrar sin agua a El Impenetrable es suicida.

Seguimos viaje hasta el punto de entrada de El Impenetrable, doblamos y 1 kilómetro adentro, cuando paramos para desinflar las gomas a 35 libras, descubrimos que uno de los tacos estaba pin- chado y tuvimos que cambiarlo.

Aprovechamos para hacer la última reunión de directivas, donde la regla más dura fue, sin dudas, contener las emociones: no abrazar, no acercarse, no dar la mano… justo lo que ellos y nosotros más necesitábamos. Porque en cada viaje, no sólo llevamos mercadería, también lle- vamos amor y esperanza.

Pusimos proa y casi dos horas después llegamos al paraje Ojo de Agua. Paramos las chatas a 50 metros y con la bocina les avisamos que habíamos llegado. Bajamos, nos pusimos los elementos de seguridad y toneladas de repelente. Parecíamos astronautas… y con 38 grados a la sombra y todo eso arriba, nos dimos cuenta que iba a ser muy, pero muy difícil. Pero no imposible.

Nos acercamos sólo dos tripulantes, le pedimos a Rosa y a Eliana (la Directora y la Maestra) que entraran a la Escuela, y pusimos las chatas a un costado para que nos de algo de sombra. Mientras tanto, pusimos la cinta de seguridad y nos dispusimos a realizar la descarga dentro del perímetro.

Rosa nos había dejado tachos con agua, a los que le agregamos lavandina para poder desinfectar. Bajamos las cosas a mano, les pasamos un trapo con agua y lavandina a cada paquete, y una vez limpio los llevamos a la zona segura contra el alambre para que se seque y no se toque más. Así, paquete por paquete, desde los mas pesados hasta el mas pequeño.

El esfuerzo físico fue enorme y el calor también… algo que a varios de nosotros nos empezó a afectar y tomábamos agua sin parar. Esto, sumado al calor y a la vestimenta, nos estaban matando. Pero éramos conscientes que no podíamos perder tiempo y bajamos la mitad de la carga en ese paraje. Al terminar, retiramos las chatas y, con un balde de agua de pozo, al sacarnos la ropa nos refrescamos. Estábamos empapados de transpiración.

Nos acercamos para hablar con Rosa – manteniendo la distancia– antes de irnos. Hablamos estric- tamente lo necesario. A la distancia la veíamos a la otra maestra y a don Juan. Había lagrimas, había emoción… pero no había contacto. Fue durísimo tener que irse así, pero la razón manda.

Al volver a las chatas tocamos bocina y ellos empezaron a buscar los paquetes de la zona segura. Nos fuimos con una sensación rara, ambigua… felicidad porque habíamos logrado el objetivo y nues- tros amigos iban a poder comer, pero a la vez angustia por la distancia.

Al subir a las chatas, reinaba el silencio. Algunos no podíamos recuperarnos del esfuerzo y el calor, pero todavía teníamos un viaje enorme por delante. Hicimos 20 kilómetros y en un lugar semi abierto, bajo los árboles, en el medio de la nada, decidimos parar a comer y descansar a la sombra. Nece- sitábamos reponer sales y azúcar; el desgaste había sido grande y quedaban mas de 400 kilómetros por recorrer dentro de El Impenetrable.

Una hora después seguimos viaje. Mientras uno manejaba, el otro tripulante dormía. El can- sancio ya comenzaba a sentirse.

Ahora bien, para llegar al segundo punto de entrega teníamos que pasar por Misión Nueva Pompe- ya, un pueblo ubicado en la mitad de El Impenetrable, y no queríamos entrar a ningún pueblo, por eso tuvimos que tomar un desvío, de esos que son realmente infinitos. Ya había comenzado a anochecer. Lo cierto es que hicimos no más de 20 kilómetros por ese desvío y, si bien pensamos que estábamos ubicados, nos habíamos perdido… Para los que no vivimos en El Impenetrable, orientarse es casi un milagro, y si bien Jerónimo –con sus más de 60 viajes– tenía experiencia de sobra, la misma no alcanza para conocer todos los senderos de la selva ya que son incontables y todos prácticamente iguales.

Y cuando uno se pierde en El Impenetrable, no tiene a quién preguntar cómo salir no cómo orien- tarse, es realmente desesperante… Afortunadamente, luego de recorrer otros 12 kilómetros “nos cruzamos” con un hombre que venía en su motito, quien en pocas palabras nos dio las indicaciones exactas para orientarnos. Este buen hombre enviado por Dios, era lo más cercano a Google Maps que pudiera existir y sus directivas fueron super precisas, ya que 25 minutos después estábamos nueva- mente en el camino correcto.

A las 22 hs. llegamos al paraje Los rosales, dónde nos esperaba Verónica, la agente Sanitaria del lugar, el primer eslabón de la salud. Ella está a cargo de la salita de Los Rosales, que para las 60 familias que están alrededor es como el centro del universo.

Verónica se ocupa de todo, no sólo de curar. Si bien la Sala se está viniendo abajo, a pesar de ello ella la mantiene limpia y arreglada.

Casi nunca le entregan medicinas y mercadería, por lo cual, se arregla con lo que tiene. La última vez que recibió algo fueron sólo 20 litros de leche para 60 familias… Una vergüenza. Incluso, para moverse cuenta con una viejísima Isuzu destrozada que no anda, y la prenden para ir y volver, quedándose en el camino varias veces. Y todo ese esfuerzo, casi siempre, es para nada.

Para la descarga repetimos el procedimiento realizado en Ojo de Agua. Paramos las chatas lejos, nos bajamos dos tripulantes y le pedimos a Verónica que se quede dentro del cerco de alambre. Nos vestimos de astronautas nuevamente y estacionamos las chatas cerca, dentro de un perímetro de se- guridad.

Ya era de noche y la noche complica todo. Mientras el equipo repetía el procedimiento de limpieza, Jerónimo aprovechó para conversar con Verónica. Su llanto fue tan sentido que contagió a Jerónimo y terminaron llorando los dos. “Esto no está pasando, nunca vi tanta mercadería junta. El jueves les mandé un mensaje y pensaba que iban a venir recién en Julio. Dos días después están acá, con todo esto.”

Pocas veces vimos llorar tanto a alguien. Pero nadie la podía abrazar. Jerónimo, entre lágrimas, le aseguró: “No están solos.”

Hay un video de ella que es desgarrador. Luego de verlo, saquen sus propias conclusiones de lo que significa La Chata Solidaria y el inmenso grupo de gente que nos apoya.

Fue terrible estar allí esa noche escuchando el dolor, y a la vez brindando esperanza. Dar cosas, dentro de todo, es fácil. Dar esperanza en el medio del abandono es prácticamente imposible. Pero lo imposible es nuestra esencia. Porque La Chata Solidaria no sólo lleva cosas materiales, lleva una parte del alma, del cariño y del amor de ustedes, los que nos apoyan incondicionalmente.

Terminada la descarga, nos despedimos con lágrimas a la distancia. El calor seguía siendo intenso, había pasado la medianoche y la temperatura alcanzaba los 29 grados, por lo cual al cansancio le sumamos otras horas de incomodidad, transpiración y esfuerzo, y quedamos tan agotados que hasta el pueblo de salida –unos 200 kilómetros– tuvimos que hacer turnos cortos de manejo para no dormir- nos. Realmente no podíamos más…

En el trayecto hacia la salida de El Impenetrable tuvimos otro percance. Las radios no funcionaban bien y como había mucho polvo, teníamos que tomar mucha distancia entre las chatas. Así fue como una de las chatas, la que iba en el último lugar, se perdió. Afortunadamente, luego de un poco más de una hora dando vueltas y teniendo en cuenta que quizás la mejor opción era pasar la noche en la chata hasta que amaneciera, encontraron a las otras dos chatas que estaban esperando según el protocolo establecido de antemano.

  • Domingo 26 – descansar y regresar. El viaje todavía no había concluido.

A las 3 AM llegamos al pueblo de salida. Estábamos extenuados. Aprovechamos el playón de una estación de servicio que es gigante y está apartado para estacionar las chatas. Allí comimos algo y le rogamos al playero que nos vendiera bebidas porque no teníamos mas agua y hacía mucho calor. Tener sed es desesperante. Nos fuimos a dormir en las chatas y era tal el cansancio que nos pareció que dormimos en el mejor hotel.

Al amanecer se dio la orden de salida. Le pedimos a el playero que nos permitiera usar el baño para lavarnos los dientes y mojarnos la cabeza así estábamos más despabilados.

Solo quedaban los rutinarios y aburridos 1.300 kilómetros a casa. Pero… el viaje termina cuando vuelven todas las chatas y todos los tripulantes, enteros y sanos al punto de partida. Prohibido relajarse y decir “ya está”… terminantemente prohibido. Nada está hasta que no volvemos todos con todo.

A partir de ahora los que crean en algo, sepan que Dios –o como quieran llamarlo– nos protegió. De milagro, la R70 en donde viajaban Jerónimo, Addy y Matías no se vió envuelta en un accidente que hubiese sido el final.

En el norte de Santa Fe, la ruta está destruída, al punto que se usa banquina o asfalto a menos de paso de hombre. Esa mañana sólo había camiones. Pasando ese tramo, la ruta es toda huella rota sin banquina y encima llovía muchísimo. Recuerden que las doble cabina iban con tacos de barro, que en asfalto mojado complican la conducción.

Al rato de ir “navegando” despacio, delante de la R70 aparece a la distancia un camión jaula bastante viejo que iba despacio. Atrás, venía un camión VW 310 con acoplado, a plena carga con granos. Jerón- imo, quien en ese momento conducía la R70, miró para pasar el camión jaula y venía un Scania de frente como un tren. No le daba para pasar y se guardó. Atrás del Scania no venía nadie y lo pasaría. Hasta ahí, nada fuera de lo normal.

Lo que van a leer a continuación es la descripción de dos segundos, dónde se tomaron decisiones de vida o muerte:

Cuando Jerónimo decide ponerse atrás del camión jaula para esperar a que pase el Scania que venía de frente, el conductor del camión jaula –en el medio de la ruta inundada y lloviendo a cántaros– decide frenar a cero total sin siquiera intentar poner 2 ruedas a la banquina o hacer una señal.

A Jerónimo se le congeló la sangre. No podía pasarlo porque chocaba de frente contra el Scania y decidió frenar. Pero frenar con tacos de barro en una ruta con huella e inundada es un desafío de in- geniería, son las peores condiciones. Clavó los frenos –el ABS y el ESP se volvieron locos trabajando– y la R70 frenó a cero justo antes de meterse abajo del camión. La chata frenó, pero el corazón le latía mas que nunca.

¿Nos salvamos? No, ¡lejos estábamos de sobrevivir! Instintivamente miró por el espejo porque la experiencia le sirvió para saber que si el casi no llegó a frenar, el camión cargado atrás suyo no iba a poder hacerlo nunca, y así fue: el camión clavó los frenos y se cruzó, venía descontrolado, les iba a pegar de lleno y aplastarlos contra la jaula. Era el fin. No había chances de sobrevivir a un sándwich entre camiones.

Jerónimo decidió tirar la chata a la banquina (que no era banquina, era pasto con barro profundo y a los 5 metros había un barranco de 10 metros para abajo) y cuando bajó dos ruedas volvió a mirar por el espejo y vió que el camionero hacía lo mismo para evitar chocar de frente contra el Scania que venía de la otra mano y que justo pasaba por ese lugar.

Dios, algo o alguien lo iluminó y con un volantazo, y pedal a fondo, sacó la R70 de la banquina y la cruzó a la banquina de enfrente, mientras el camionero descontrolado pasaba por la banquina de largo. Nos salvamos por 0.1 segundos y 0.0001 metros. Fue un milagro.

Automáticamente se bajaron de la chata y corrieron a asistir al camionero que había quedado tirado y encajado en la banquina, quien bajó del camión en shock, pálido, temblando y se abrazó a Jeróni- mo… Lo miró fijo a los ojos, y le dijo: A vos te salvó Dios”.

A continuación, señalizamos, cortamos el tránsito y organizamos el operativo de seguridad profe- sional señalizado con los elementos correspondientes y radios en las puntas. regla número uno en la ruta cuando hay un accidente: evitar otro accidente y crear una zona segura.

Palabras más, palabras menos, y sintetizando al máximo las dos horas que estuvimos detenidos en la ruta, entre la R70 y un camión IVECO 370 logramos desencajar de la banquina primero al camión y luego al acoplado. La policía nunca apareció…

En resumen: de casi quedar literalmente aplastados bajo 2 camiones, terminamos sin un solo ras- guño, montando un operativo de seguridad y gestionando el rescate de un camión con acoplado que estaba casi volcado en la banquina.

El camionero, cuando terminamos el operativo, nos juntó a todos y nos dijo: “Estamos solos her- mano. Menos mal que hay gente buena. Sino, perdía el laburo y no tengo para que coman mis hijos. Somos nosotros ayudándonos a nosotros. Frase para la historia.

—————————————————– CONCLUSIÓN ——————————————————

Este viaje se comunicó, organizó y ejecuto –de punta a punta– en tan sólo 5 días. Con condiciones de viaje estrictas y durísimas. Pero no fallamos. Lo hicimos. Las cosas llegaron. Cumplimos nuestra promesa hacia ellos y hacia ustedes. El virus no nos detuvo, llevamos toda la mercadería.

Pero los productos no son tan importantes como otra cosa que les llevamos. Algo que no ocupa lugar. Se llama Esperanza. Se llama saber que no están solos.

Y nos trajimos lo más hermoso que un humano puede sentir: amor genuino de gente simple que valora que uno esté con ellos y comparta.

La mercadería es vital. Pero el estar con ellos es aún más vital. Ningún humano puede resistir la soledad y el abandono. Nadie. Y La Chata Solidaria no abandona a nadie NUNCA.

Gracias a ustedes, a Ford, YPF, Christophe Kriwonys, Autoblog Argentina, Victorio Podestá, Fundación Marolio, Lácteos Tregar, Molino Carhué, Pampa Rice, Materia Hnos., Diego De Vitta, Pablo Castro y Marcelo Hernández, Porfenc, Ministerio de Desarrollo Social de La Nación y Ministerio de Desarrollo Social de Chaco.